No tenían la culpa

Diego González, Leganés, 11 años. Espero que un día podamos volver a vernos en el cielo, dejó por escrito en su última carta.  Encendemos la televisión y nos encontramos con esto. Nombres diferentes, vidas diferentes, pero cada día más a menudo, suicidios infantiles inundando la cotidianidad. No es de justicia echar la culpa a alguien en concreto. El tema del suicidio es un asunto extremadamente complejo. Pero ¿A edades tan tempranas? ¿Realmente no lo había advertido nadie? ¿Nadie se había percatado del acoso escolar? Ahora ya es tarde. Diego vivía, todos los días, muchas horas compartidas con compañeros y profesores. Nadie tuvo la culpa, pero fueron muchas horas las que le llevaron a decidir que no quería una próxima.

Los días en el colegio se sucedían como siempre. La primera, la segunda hora, recreo, y un poco más tarde, a casa. Lunes, martes, miércoles, jueves y viernes. Probablemente alguien sospechase. Seguramente alguien lo viese. Pero era lunes y la alumna que lo vislumbró no quería meterse en problemas. O quizá era viernes, y la profesora de matemáticas tenía que irse con prisa. Quizá también había pruebas en las redes sociales, sólo quizá. Quizá en la vida de Diego, como en la vida de tantos nombres que figuran en la lista de suicidios por acoso escolar, alguien hubiese podido hacer algo. Es probable, que como en tantos asuntos, la culpa sea tan genérica, que nadie en concreto, sea el culpable. Porque hablamos de menores, de niños. Niños a los que no se les puede juzgar por siempre por ser acosadores. Pero hablamos de niños que han muerto, que se han quitado la vida. Y hablamos también de decenas de personas que compartían espacio, aire y tiempo con una situación que terminó por quitarle la vida a un menor.

Nadie tiene la culpa de un suicidio infantil. Nadie tiene la culpa de un acoso sexual más allá del acosador. Nadie tiene la culpa de un maltrato más allá de su agresor. Y sin embargo, nos encontramos con casos a diario. ¿Una paradoja? Que nadie tenga la culpa de lo que cada vez sucede con más frecuencia. ¿O quizá la palabra responsabilidad junto con la palabra humano,  tengan más enemigos que nunca? No podemos echar la culpa a los profesores, tampoco al alumnado. La culpa es colectiva. Y está diseminada desde lo más grande, hasta lo más pequeño. El profesor se enfrenta constantemente a diarios inconexos, a clases diferentes cada hora lectiva en las que apenas hay tiempo para terminar con el temario. Y los alumnos y alumnas, pasando los días, entre matemáticas, tecnología y biología. Un marco educativo en el que no hay tiempo para hablar de la persona que se esconde detrás de cada pupitre. Porque lo único importante, es el boletín de calificaciones. ¿Habla éste del acoso? ¿Vemos en él a un futuro acosador? No hay tiempo, no es eficiente.

En un mundo en el que internet llega a casi todos los hogares. La mercantilización del cuerpo llega a todos los hogares. La violencia del Estado llega a todos los hogares. El racismo, el abuso, la hipocresía, la falta de confianza, se aprende todos días en la televisión, en las noticias. Se comparte, como la culpa, en un sinfín de factores difíciles de canalizar que albergan desde la imagen de humanos ilegales como son los refugiados, hasta los cánones de belleza que impone la industria, hasta el machismo más atroz encorsetado en tópicos, operaciones y apariencia que tiñen la vida real de extrañeza, inseguridad, brutalidad y desamparo. La educación o falta de ella, está cada día, en cada conversación, en cada pantalla, en cada acto.

La educación la construimos las personas, nuestras decisiones. Tu actuación o falta de ella. Mi actuación o la falta de ella. Y es por ello por lo que la culpa general, siempre es la más brutal, porque supone una naturalización de la barbarie. Es barbarie que la palabra responsabilidad no se reflexione. Es barbarie que la maldad pase desapercibida. Es barbarie que las horas sigan pasando en los colegios hasta que esto suceda. Quizá vaya siendo la hora de atender a las personas que llamamos alumnado. Quizá vaya siendo hora de actuar y de atender no sólo a los conocimientos y a las calificaciones, sino también al diálogo, a la inseguridad, al miedo. Quizá, en un mundo repleto de información, nuestro papel como formadores o profesores haya de ser algo más hondo. Un papel que las nuevas reformas educativas tratan de extirpar, el de hablar de algo aparte de números, algoritmos o exámenes. El papel de tener en cuenta a las personas, a la ética, a la responsabilidad. A fin de cuentas, a la humanidad.

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Facebook, Apple y el machismo de la igualdad.

Tras oír la noticia acerca de la nueva medida que tanto Apple como Facebook han tomado con respecto a la inclusión de un mayor número de mujeres en sus empresas frente al alto índice masculino, uno no puede más que quedarse transpuesto si, y sólo si, la concepción del ser humano como máquina aún no le ha absorbido la inteligencia y la emoción.

Éstas dos empresas -sobra decir que sobresalen a nivel técnico-económico por encima de muchas- han decidido dar a la mujer la gran oportunidad de congelar sus óvulos en su etapa más productiva de la vida para permitirles dejar de ser madres y poder ser grandes empresarias. Ante esta aberrante noticia lo primero que cabe decir es que dichas empresas han demostrado con creces no contar con un rasgo esencial: nivel humano, reflexivo, ni un mínimo de cultura y riqueza intelectual con respecto a toda una tradición que se ha dejado la piel por defender la igualdad de la mujer. Pues, si al menos hubiesen leído un mínimo acerca de estas luchas a lo largo de la historia de la humanidad, no alardearían con tanta ligereza de esa medida que nos venden como una “facilidad”, un “regalo”, cuando en realidad lo que encontramos intrínseco a ella es un machismo atroz y arrollador que, muy lejos de suponer una ayuda para la mujer, supone un insulto hacia su persona. Ya que por “persona” no entendemos una suerte de máquina evidentemente funcional cuyo único cometido es el de ser aceitada.

Con respecto a la igualdad de la mujer y del hombre, lo cual se supone, dichas empresas tratan de lograr con tan acertada medida, resulta evidente que en ningún momento se nos habla de discapacitar sexualmente a sus empleados, sino a la mujer y con ella, a la maternidad de ésta (ya que por descontado, si el problema no lo tienen los empleados, sino sólo las empleadas, la maternidad es la que intercede en el trabajo, pero la paternidad no lo hace).

Todo esto tiene graves consecuencias. En primer lugar queda claro el atormentante carácter machista de dicha medida que, de un lado tan sólo habla de discapacitar sexualmente a la mujer, lo que de otro lado nos lleva a una segunda afirmación: que es la mujer la que deja de rendir en el trabajo cuando decide tener hijos. En tercer lugar, y siempre del lado de éstos dos primeros, el paternalismo por parte de la empresa hacia la “persona-mujer” que parece no ser capaz de conciliar la vida familiar y laboral por sí sola, ni proceder comoquiera que ella proceda a tomar las medidas convenientes de la mano de su ginecólogo particular y privado de cara a la empresa.

Parece claro que el análisis de estos elementos podría extenderse sobremanera. No obstante tan sólo remarcaré ciertos puntos que, a mi juicio, demuestran no sólo la falta de igualdad de esta medida, sino algo que en este contexto puede doler mucho más: la falta de inteligencia y de implicación social que dichas empresas demuestran con la medida tomada. Con respecto a la falta de inteligencia parece claro que no hace falta ser Einstein para darse cuenta de que “La Empresa” pasa a dictaminar tu vida privada por entero. Sin tener en cuenta nada más que la productividad. Pero si hubiesen reparado por un segundo en la coacción que eso implica para una “persona” no creo que hubiesen dado la noticia con tanta ligereza. Trabajar es parte de la vida y una parte de vital importancia por infinitas razones, pero las “personas” desean trabajar en aquello que aman, y aquello que las “personas” aman no suele ser algo que tan sólo explote ciertas habilidades y se desentienda de ti como ser individual. Es por ello por lo que recientes estudios han demostrado que los empleados y empleadas trabajan mejor y rinden más cuando se sienten dentro de algo, pertenecientes a algo que no sólo tiene en cuenta su funcionalidad, sino su persona. De ahí los diversos premios a la ética empresarial, los comités de Ética, el crecimiento de la Bioética, las ayudas a la maternidad, a la conciliación de la vida familiar y laboral, el crecimiento del papel de los recursos humanos, etc.

Por otro lado su falta de implicación social en tanto en cuanto en vez de dar ayudas para la conciliación laboral y familiar, lo que trata es de erradicar esa segunda parte para que la vida de los individuos se reduzca a su parte funcional, sin tener en cuenta claro está, el posible desastre demográfico que los estudios de estadística demuestran en unos años, así como –si nos centramos de nuevo en el nivel de inteligencia- los futuros clientes si es que tienen visión a largo plazo.

Finalmente una vez más se demuestra que la funcionalidad hecha un Dios y desatendiendo los aspectos de las “personas” y de la historia de las “personas” revierte en una falta de visión de conjunto, esto es: una falta de inteligencia. Y si lo que pretenden es que su papel en la vida individual y social tan sólo sea abastecer de recursos técnicos a la sociedad, mejor que no abran la boca en cuestiones éticas, sociales e individuales, ya que acerca de eso, también hay gente preparada que tiene mucho que decir, tanto del ser humano, como de la conciliación de éste con el trabajo.

Por último y haciendo una reducción a lo absurdo –o quedándonos en la superficie del tema- si lo que éstas empresas tan sólo han intentado hacer, ha sido explicitar que las mujeres en su vida privada eligen el mejor momento para ser madres, darles las gracias por recordarnos que en la vida tomamos decisiones constantemente. Si –reduciéndolo a lo absurdo de nuevo- querían dejarnos ver que el hecho de ser madre coarta tu vida laboral, entonces estamos hablando de un evidente machismo introducido en el trabajo, algo contra lo cual se viene luchando desde hace años y lo que parece quedar claro al tiempo en el que nos paramos en la premisa inicial que anima y facilita a las mujeres a congelar sus óvulos: la inclusión de más mujeres en sus empresas.

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No sólo de ambigüedad vive el hombre, (también de saltos):

No empieces otro día con el mismo juego. Haciendo de la sombra tu atractivo cuando sabes perfectamente que tú tienes tu propia presencia. Yo lo sé. Y vas y dices que es que tú nunca le has dado demasiada importancia a las cosas como para comerte el tarro y que es algo que no vas a empezar a hacer ahora. Que daño ha hecho la filosofía de Media Markt  con su anuncio “Yo no soy tonto”. Para que nadie piense que eres tonto te hiciste gilipollas, es decir, te convertiste en un ser ambiguo. En un ser inerte. Qué fuertes y vivas están las piedras que no muestran nada. Que por ir de ciudadano de matrix que ni siente ni padece pareces más valiente. Dale importancia de una vez a la vida. Y sea lo que sea, encuentra algo que consiga preocuparte hasta poder dejarte una noche entera sin dormir. Que para indiferencia ya están los muertos. Manda a la mierda. Da un ultimátum. Vivimos a vida o muerte todos los días. Si te sientes muerto aquí te sentirás muerto allí. No pienses que un nuevo viaje hará que dejes de sentirte solo. Que nueva música hará que lo olvides. Que si hoy sales de fiesta mañana todo mejorará. Date una oportunidad. Perdónate. Retrotráete por un segundo al punto en el que dejaste de levantarte de un salto de la cama. Al punto en el que dejaste de dar una carcajada al menos una vez al día. Haz tu propia guerra. Porque llegará el día en el que, como a todos, nos cierren en un ataúd. En ese momento ya va a ser poco lo que podrás cambiar. Lo que hayas hecho se quedó hecho. Si le dijiste que la querías, lo sabrá. Si continúas yendo de duro, nunca podrá conocerte. Si tu única misión es conocer Jonolulu y no tienes dinero, ve cogiendo la mochila y empieza a andar.

Pero morir en vida es una contradicción. Y un insulto a la ciencia moderna que tanto ha tratado de mostrar lo evidente. Hay personas que pasan su día a día cerrando un poco más su ataúd. Trabajando para pagar uno más bonito y con una madera mucho más oscura. No diciendo lo que sienten para dejar de vivir lo que quieren. Y aquí no pretendo escribir la típica entrada que te diga lo joven que eres para motivarte sobre miles de temas y decirte que si no has hecho un interrail antes de los veinte y cinco es que estás muerto. Que si no has bailado encima de la Torre Eifel y bebido encima de un taxi mientras te liabas con la chica más guapa de tu instituto es que no has tenido juventud. No escribo para que cuando dejes de leer esto pienses que quizá tienes cuarenta y entonces se te pasó el arroz porque tus hijas pequeñas gritan. Y que lo más interesante en tu vida es el tipo de arroz que hagas. Ni escribo para que cuando cierres esto, tu tarde alomejor sea un coñazo y pienses que la vida ha dejado de tener sentido. Que tu vida no es de película. El Photoshop y las fotos en barco con copas también fueron un día que alguien se levantó normal. Quizá de resaca, quizá triste o quizá con un ojo hinchado. Los días llegan y se van para todos. Lo importante no es eso. Vale, que todo muy guay. Pero ya basta de gilipolleces. De escribir una entrada haciendo alusión a la vida y poniendo una foto de la película de Sexo en Nuevo York. O de una sonrisa profident en un todoterreno explorando las flores de Pekín mientras un negro le ofrece un daikiri. Que esto no es matrix. Bienvenidos a la vida real de las personas de carne y hueso. De las vidas con problemas que son felices y hacen sus propias películas en las que toda esa basura se ha inspirado para hacerte sentir que no eres como Steve Jobs porque no vas descalzo por la vida y no se te ocurre la mejor idea de negocio mientras vas puesto hasta las cejas. O que no podrás ser una escritora con futuro porque no escribes en tu Mac Book Pro mirando Nueva York por la ventana con un vino de cincuenta euros en tus preciosas manos.

Cuando cierras un poco tu ataúd es cuando sabes que dejas una historia abierta y muestras indiferencia cuando en realidad algo te agarra de las entrañas. Muere una parte de ti que en algún momento recordarás y en el fondo, tus entrañas te recordarán que no fue indiferencia, sino falta de valor y de fe en ti mismo. Y las entrañas no perdonan ni olvidan. No puedes mentirte para siempre. Y si acostumbras a mentirte, llegará el día en el que no sepas quién eres. Y entonces la muerte será algo inminente. Cuando cierras tu ataúd es cuando no te giras a ver un atardecer por miedo a parecer tonto. Los subnormales mueren sin girarse. No sean subnormal. Que no sabemos si allí arriba o allí abajo habrá de esos. Cierras tu ataúd cuando dejas de entrar en ese sitio que siempre te llamó la atención. Cuando no arriesgas por lo que quieres. Cuando no eres capaz de dar un abrazo. Cuando no eres capaz de pedirlo. Cierras tu ataúd cuando una misma sensación se repite todos los días y no haces nada por cambiarlo. Y morir en vida es una contradicción.

No mueras tan rápido o la vida se te hará muy lenta.

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El niño que de mayor quiere ser humano.

Ese día vino su hijo, y ante el bullicio le preguntaron: ¿Tú de mayor que quieres ser?, ante lo cual el niño, dejando asombrado al grupo de comensales, contestó: ser humano”.

Nacemos un día cualquiera que celebramos como cumpleaños y, desde ese momento, y antes incluso de empezar a cuestionarnos el porqué, el monstruo de la utilidad nos persigue tratando de devorarnos, de arrancarnos de cuajo la incertidumbre, la virtuosa y vital incertidumbre que nos constituye como seres humanos.

Se nos ha perseguido desde el momento en que nacimos, ya casi no se habla de esclavitud. Ahora sólo se nos habla de utilidad, porque de una vez por todas, o quizá igual que siempre, el hombre se ha devorado a sí mismo.

Ya no se habla de la política como virtud, porque es algo que toca mucho la filosofía y ésta, queridos amigos, para el monstruo de la utilidad y la aceleración, debió morir junto con Aristóteles. Hoy, no sirve para nada. Pero al no leer sobre ello se les olvida, y es que ya Antígona murió porque no servía para la vida de la tiranía. Porque prefirió la muerte a la sumisión, la cual se constituía como única salida. Y es que ya Antígona hablaba del monstruo de la utilidad, el monstruo del mal, que habiéndose hecho con el panorama general del mundo en el que un día nació, le hacía completamente “infructífera” para la vida.

Nacemos llenos de contradicciones, de frustraciones existenciales, de negaciones; pero nacemos, y de pronto, nos encontramos como arrojados en este mundo.

Hay quienes prefieren cobrar callados. Quienes hablaron y salieron mal parados. Luego están los que siguiendo el ejemplo de Antígona, decidieron acabar con su vida porque creían que era la única salida. Están también los que ven que no deben callar, pero saben que tampoco han de hablar y de manera cobarde, se dejan llevar por el mundo de la evasión, que lentamente va matándoles y haciendo de ellos seres inofensivos para el sistema y muy peligrosos un sábado cualquiera de madrugada. Pero la lectura humanista, por lejanas que sean muchas de las lecturas en el tiempo, aunque se tratara del único habitante mundial, hacen que te sientas acompañado, te endulzan el camino, no te abandonan, porque cada suspiro escrito y más tarde leído, ha hecho realidad un sueño y propiciado otros muchos. Porque puede verse que hay quién en algún momento, por locura que pareciera, descubrió América, o tras haber revolcado la historia de la filosofía y hecho del ser humano un Dios, se volvió loco. Puede verse que hay quien, aceptándose a sí mismo y aceptando su humanidad, hizo del vértigo a la muerte una obra de arte. Hay quien algún día combatió en el frente a riesgo de perder la vida. Hay quién luchó hasta morir. Pero para saber todo esto hacen falta algunos pasos previos.

El primero consiste en darse cuenta. El segundo el seguir tirando un poco más del hilo, y el tercero y quizá más difícil si cabe, es decidirse a arriesgar la vida en el intento. ¿Qué quiere decir todo esto?. Todo esto quiere decir que antes que nada, se ha de intentar que el monstruo no nos devore completamente. Se ha de intentar “ser humano” por irónico que parezca, e intentar ser humano es intentar que nadie acalle en ti la ansiedad por ser justo. La incertidumbre que acaece en ti de no saber que es lo que hay después de la muerte; ser humano significa cuestionar qué es lo que son las pasiones y qué la razón. “Ser humano” sin tapujos, “ser humano” sin dogmas demasiado tempranos, “ser humano” con todo lo que ello conlleva.

El segundo consiste en desarrollar la inquietud de “ser humano” si es que no te han deshecho ya. Y la inquietud hace que preguntes sin cesar; que sin quererlo, te vuelvas excelente en lo que te interese, en lo que tengas certezas de encontrar respuestas, o, al menos, en lo que adapte tu ojo a una forma diferente de mirar.

Y el tercero y más difícil, consiste en cerrar los ojos ante las cámaras, televisiones, diarios, empresas, y decir qué es lo que quieres ser, quién quieres ser, a qué quieres dedicarte, a cobrar callado, a morir, a evadirte, a trabajar incansablemente, incluso cuando son pocos los ojos que quizá algún día te valoren, incluso cuando tengas casi la certeza de que lo que hagas en el momento, “no servirá para nada”. Pero a vivir pudiendo, a vivir de manera incansable, a personalizar el vitalismo, a sentir el pensamiento y pensar el sentimiento como diría Unamuno. A vivir conforme a la voluntad a la poder, como diría Nietzsche. A vivir de manera ejemplar como diría Hannah Arendt, a vivir descubriendo desde la locura, desde la locura de “ser humano” como nos dejaría ver Don Quijote, pero a vivir; a vivir de manera incansable.

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Ser, y ser humano.

Se ha olvidado algo muy esencial en nuestros días: somos humanos. Hemos perdido el interés por nuestra propia especie, por lo futuro, por el cambio; hemos perdido el interés por la humanidad.
Telenoticias habla del nuevo invento, el nuevo sistema operativo, el niño de diecisiete años que ha diseñado un sistema operativo y creado una empresa, y la gente asombrada para por un instante y posa su café hablando del genio que sale hablando en la uno.
Sin embargo segundos más tarde se nos vuelve a hablar de la crisis, de muertos en Venezuela, de corrupción en el Partido Popular.
¿Alguien se da cuenta de lo ridículo del asunto? Se nos está vendiendo una imagen completamente retrasada del ser humano, en tiempos como los que corren los Best seller se adjudican a un personaje que sale en anuncios de pan Bimbo y cree que mediante un microchip podrá hacer que las personas dejen de preocuparse. ¿Es que acaso nos estamos volviendo locos?.
Las antiguallas de libros de Aristóteles, Platón, la Grecia antigua, retratan problemas tan humanos como los de hoy, la historia sigue ahí, aunque prácticamente arruinada; siguen ahí a un margen los dos o tres profesores, que aunque tienen vocación se les intenta quitar; siguen ahí, las personas que aún en los tiempos que corren decidieron hacer filosofía, o historia, o sociología o antropología; siguen ahí, las bibliotecas, la muerte, las revoluciones, los cataclismos; el futuro, la vida; siguen ahí.
¿Queremos un microchip que quite las preocupaciones? ¿Un microchip que eduque a nuestros hijos? ¿Queremos un microchip que cubra nuestras necesidades?, ¿y otro capaz de gobernar sin robar?.
Los principales problemas de Grecia, siguen hoy, sólo que ahora se publican en twitter. Los sofistas, a los que tanto se ha criticado a lo largo de la historia de la filosofía, constituyen nuestro panorama político, que juegan con la ambigüedad del lenguaje y en vez de decir “coacción”, prefieren decantarse por la palabra “libertad educada”.
Se están ideando sistemas operativos, ¿qué se enseñen en universidades en quiebra? ¿los profesores a los que no pagan? ¿las personas que van a la universidad para sacar un cinco y tener un título con el que poder trabajar para tener dinero y luego gastárselo en apple?.
Nos están intentando acostumbrar, acostumbrar a este sistema infrahumano, y es que no hay mayor elemento manipulativo que la costumbre; la costumbre de vivir matando sueños que no tienen precio.

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Sientes que tu vida se te escapa. Que eres el resultado de un plan previamente establecido. El despertador que suena a las siete de las mañana esconde el mensaje subliminal del resultado del capitalismo masticado tras un simple “Buenos días”.

El tuyo, como el del autobusero del primer bus de la mañana, del último de la noche, suena al unísono de todos los despertadores de la plantilla del Corte Inglés. Y consecutivamente, van abriéndose los ojos uno a uno, tus ojos que despiertan de un sueño pisado en los baldosines de tu primera ducha fría del día. Asumidos tras ese primer café echado minutos más tarde y tirado por un retrete.

Y los sueños prosiguen en tus horas más inútiles. Es la forma que tiene tu mente de descansar, o de desencansarse. Es el chillido que viene de tu esófago.

Y te vistes de ellos, te uniformas, te alienas. Y cuadras caja a primera hora a la vez que tu mente. Y vendes más a menos precio, quizá menos a más. A más insatisfacción progresiva. Al precio de tu vida.

Te conviertes en la figura perfecta, la misma sonrisa, la misma muletilla, la misma explicación de una subida de precios que no te fue jamás consultada. Asumes el escupitajo en tu uniforme. Pues sabes que no te escupen a ti, a quien nadie consultó, impersonal uniformado.

Te limpias el escupitajo y tratas de mantener la misma caja, los diferentes fondos de cada día mientras tu nevera tiembla igual que el mes anterior.

Pero es que cuando el hambre aprieta crees no poder hacer otra cosa. Pero es que cuando la necesidad duele, cualquier necedad es buena para hacer tiritar tu nevera. Y llorar tras escuchar el despertador nuevamente alineado de aquél que ya dejó de creer en los sueños, pero ellos se apoderan de él en sus horas más infructíferas  Pero ellos se apoderan de tu mente en sus horas más inútiles.

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El arte es vida.

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El arte es vivir, el arte es lo propio de la vida. Vivir conforme al arte es mirar desde la perspectiva del observador, mirar la vida como un experto analiza cada detalle en una obra de arte. Vivir así es vivir absorbiendo la perfección de cada minuciosidad, el desespero de cada pincelada, lo indecible de cada mirada, la armonía de cada óleo.

Vivir conforme al arte es vivir observando un alma encarcelada que describe las diferentes vías para llegar hasta ella, para llegar hasta el motor de la vida misma que, no ofreciendo mayor recompensa, nos impulsa hacia su búsqueda desprendida de utilitarismos, hacia su búsqueda kantiana, hacia la búsqueda del fin en sí mismo.

Pero el arte también es mirar como lo hace un filósofo, como incurrir en un círculo vicioso que te lleva a reflexionar acerca de cuál es la mejor vía, de cuál es el principio categórico rector y responsable del lugar en que nos encontramos, y de cuál es la naturaleza de aquél que te impulsa a perpetuar en la búsqueda de manera incesante.

Asimismo, el arte también conlleva respirar desde la poesía, desde el placer de describir alegóricamente cada trozo de alma desprendido, desde el buscar que proporciona la droga lingüística, el éxtasis propio de cada retazo de alma.

El arte es oír desde la inspiración, y muchas otras veces, no hablar precisamente desde las palabras.

El arte es vivir desde la agonía del viaje transcontextual, desde el alimentarse de la epifanía que proporcionan algunos instantes y el respirar desde el humo que desprenden las letras que más se asemejan a la perfección de lo indecible.

Vivir conforme al arte es, probablemente la única manera de vivir en sí, la única forma de vivir desde el humanismo inminente, la única manera de vivir propiamente.

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